Los gallegos entregan uno de los mejores álbumes de su carrera, lleno de ataques contra los oligarcas tecnológicos y los amos de la guerra. A su vez, consiguen que volvamos a creer en la magia de la vida cotidiana.
En apenas unos días, el Papa León XIV convertirá Madrid en el centro de la cristiandad mundial durante unos días. Con su llegada, la ciudad quedará paralizada por los fieles, en su mayor parte jóvenes que han conectado con el mensaje de Cristo a pesar de pertenecer a una generación materialista y tecnológica. ¿Quién lo iba a decir? Así lo reflejan los análisis sociológicos de nuestra era: la juventud vuelve a creer en Dios. Sus ídolos generacionales, como Rosalía, han vuelto a poner de moda la imaginería cristiana. De hecho, una banda de la música independiente, Siloé, tocará para el Pontífice. De todos los argumentos para explicar este ascenso del sentimiento cristiano destacan aquellos que dicen que vivimos en una época de gran incertidumbre y caos.
Es mejor entregarse a la fe que aparentar que crees en algo cuando todas las causas parecen haber quedado agotadas a golpe de TikTok y de intervención militar. En marzo de este mismo año, hacían su aparición Triángulo de Amor Bizarro en la capital desde su querida Galicia. No eran el Papa ni tampoco era su primera vez en Madrid, como es obvio, aunque nunca habían venido para celebrar una listening party, como ellos mismos reconocían ante los pocos periodistas que asistimos a la sala Equis. Su verbo se hizo carne, y habitó unos instantes entre nosotros. No había grandilocuencia en sus palabras ni mensajes mesiánicos, más bien al contrario: su voz y sus gestos desprendían una familiaridad costumbrista tras más de 20 años siendo la punta de lanza de la música independiente en nuestro país (la de verdad, ante tanta apropiación del término).
Con ello, demostraron una vez más que no hay que dártelas de especial ni tirar besos hasta al guardia de seguridad para ser un artista a quien parodien unos Pantomima Full en estado de gracia. Justo antes de someternos a una escucha silenciosa colectiva, Isa Cea, la misma Isa que hace ya más de 20 años militaba contra el Partido Humanista, me aseguraba que hay motivos suficientes para estar enfadados. Había descubierto mi expresión de sorpresa tras leer las letras del disco en un tríptico preparado para la ocasión que se nos entregó en la entrada. A su lado, Rodrigo Caamaño y Rafa Mallo, guitarra y batería, conversaban entre risas con su productor y amigo inseparable, Carlos Hernández. Juntos, observaron nuestras primeras reacciones. ¿Una canción de voz y piano? Sí, SMT en el Palacio Real, el primer tema, el cual ya abre directamente con el verso: “Dioses digitales inundan mis manos / Hacen que olvide mi naturaleza”.
